Llamarlas emociones, así como las llaman todos. ¿Pero qué son exactamente las emociones? Se pueden describir como algo que emana de un fenómeno encarnado endógeno, encantador, encapado, encausado, enajenante, entretenido, entusiasmado, enamorado, en hartas ocasiones embarazoso, embelecador, emblemático, emancipador, eminente, embaulado, emaciado o embarnecido, embaucador, embobecido y empático, por supuesto económico, ecléctico, ecológico, ecotado, ecuable, ecuménico, ecuóreo, que se confunde erradamente con errores erráticos, errátiles, erradizos y errabundos pero notablemente enaltecido por sus cualidades etéreas, eternas, étnicas, etológicas, etmoidales y hasta etopéyicas. Y esto solo con la letra E, fanáticos, ¡una sola de las Grandes Veintisiete!

Podría escribirse un libro entero solo con las definiciones de emociones que empiezan con la letra A. Podría escribirse una enciclopedia con la cantidad de gente que las ha estudiado. Pero este escrito es solo un ensayo que tiene como meta un análisis crítico simple, que pasa por el filtro de una ostentosidad innecesaria y una fatiga para el corazón, que si no bombea nada al cerebro, no se puede escribir ni una nota al lechero, y tanto menos una crítica sobre el cerebro emocional. De manera que en este ensayo, que es solo una opinión personal, se puede seguir aliterando mentalmente con la idea de mantener la motivación, esencial para un despliegue emocional óptimo, para hablar sobre los dimes y diretes de neurocientíficos y psicólogos evolucionistas sobre ese fenómeno que ellos llaman emociones, por supuesto en un afán de producir conocimiento y verdad, pero que de vez en tanto tienen que repensarsus teorías y tratar de convencer con dulzura a la gente de ciencia sobre nuevas formas de entender al mundo.

En fin, fanáticos, este texto es un análisis del artículo titulado “Rethinking the Emotional Brain” de LeDoux, (2012)y es asimismo complementado con publicaciones de revistas científicas especializadas.

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Pero, ¿quién es el tal LeDoux? Está bien. LeDoux es El Dulce, el gran descubridor de la amígdala como estructura subencefálica donde se procesan las emociones, principalmente el miedo, que se hizo famoso por sus hallazgos de los mecanismos cerebrales de las emociones y de la memoria. Por más que le falten experimentos por hacer y por más que esté obsesionado con los procesos de supervivencia de los individuos, sobre todo con el miedo, que hasta en las letras de las canciones de su banda, The Amygdaloids, habla de las respuestas rápidas de los individuos ante el peligro como medio para garantizar comida, bebida y sexo, por más que su pasión esté estancada en la música country y los mecanismos cerebrales emocionales, todavía puede dar guerra: su propuesta de repensar el cerebro emocional es fascinante, sobre todo porque va hacia el centro que genera las experiencias subjetivas, ese centro donde ocurren los mecanismos que satisfacen a los individuos de cualquier especie, en el lugar en que las moléculas orgánicas dirigen majestuosamente la orquesta de la evolución para mantener la complejidad de organismos adaptándose en la sinfonía de la supervivencia, sí, con su sonata defensiva, pasando por el adagio de la ingesta de los alimentos, el minueto de la termorregulación y cerrar con el allegro de la reproducción.

La forma de pensar el cerebro emocional ha cambiado a lo largo de la historia (para una revisión histórica, ver Dalgleish, 2004). Un viaje que inicia con la publicación de La Expresión de las Emociones en el Hombre y los Animales (1872) de Charles Darwin, que recorre los trazos de los dibujos de Ramón y Cajal, cuya semilla de su doctrina de la neurona recorrería el mundo para impulsar el estudio neuroanatómico funcional de las emociones, a la par del desarrollo de propuestas teóricas de la mente y las emociones de varias escuelas de psicología, que parten del trabajo seminal de William James titulado “¿Qué es una emoción?”, quien proponía que las emociones no eran más que experiencias de un conjunto de cambios corporales que ocurren en respuesta a estímulos emotivos (James, 1884).

Con el paso de los años, hubo una interacción interesante entre fisiólogos estudiosos del sistema nervioso central, médicos, filósofos y psicólogos, de manera que se dio origen a las neurociencias afectivas, que junto con el uso de herramientas de neuroimagen, experimentos conductuales y otras metodologías relacionadas, se buscó entender a las emociones en niveles neurobiológicos y psicológicos. Es interesante que en la creación de esta rama de las neurociencias se utilizaran varias definiciones de las emociones y que se hiciera la distinción entre ellas y los sentimientos. Esto es a lo que refiere LeDoux cuando, en el primer párrafo de la introducción de su artículo, dice: emotion has happened. Pero, ¿qué es lo que ha sucedido exactamente?, pregunta LeDoux. Bueno, el conflicto semántico de las emociones es más complejo de lo que podría pensarse y será analizado a continuación, porque es esencial para entender la propuesta de repensar el cerebro emocional, que hace LeDoux.

Se tiene que revisar, primero, el orden estructural de la ciencia y su filosofía, cuya epistemología no es descriptiva ni prescriptiva, sino interpretativa, manufacturada a partir construcciones culturales (Suppes, 2002). A esta cualidad interpretativa es la que apelaba Wittgenstein con su estudio de la semántica formal y lenguaje natural, donde se aproxima a la estructura de la lengua como una red flexible moldeada por las prácticas diarias y los hábitos de vida; esto es, consideraba aspectos culturales e individuales como condicionantes del significado interpretativo de la lógica del mundo y decía en su Tratado Lógico-Filosófico que “en la mayoría de los casos, el significado de una palabra es su uso” (Wittgenstein, 1921). Es por esto que algunos filósofos de la ciencia han argumentado que no existen las verdades absolutas, incluso para los supuestos más preciados, de sentido común e intuitivos (Quine, 1951).

Por otro lado, Kant concibió de una explicación analítica, como la de la ciencia, a una atribución del sujeto no más que lo que está ya conceptualmente contenido en el sujeto, y posteriormente Eco toma algunos de los aciertos de la teoría kantiana y remonta el problema del conocimiento, que coincide con el de cómo asignar nombre a las cosas. “Para Platón, Aristóteles y la Escolástica, cualesquiera que fueran las diferencias entre ellos, las cosas individuales con que nos encontramos nos vienen ya definidas ontológicamente por una forma universal“. Resalta entonces los conceptos provenientes del empirismo, a los que insiste en definir con una función no abstractiva sino más bien sintético-productiva de aquella forma universal(universal tanto del lado del sujeto que se refiere y de lo intuido, para todos que pertenece a la clase o tipo de objeto) (García-Borrón, 1999). Eco, en su Tratado de Semiótica General, admite una infinidad de interpretaciones y al mismo tiempo establece sus propias estrategias que pueden condicionar la semántica cognitiva al postular la competencia lingüística como enciclopédica determinista (Eco, 2000).

Entonces, el problema que aborda LeDoux al inicio de su artículo es totalmente atinado: el obstáculo inicial del estudio de las emociones es de orden semántico. “El progreso en el entendimiento del fenómeno emocional en los cerebros de los animales de laboratorio ha ayudado a elucidar funciones del cerebro humano, incluyendo aspectos patológicos de la emoción… pero, ¿cómo podemos hacer comparaciones si no podemos decir lo que es una emoción?”, dice LeDoux. Incluso cuando Tinbergen propuso la discusión de las emociones desde una perspectiva etológica, además de tener preocupaciones sobre la legitimidad de si los animales tienen o no emociones, la mayor discusión fue en función de la terminología que se debía emplear (Tinbergen, 1963), hecho que actualmente continúa en debate y estudio para animales y humanos desde la neurociencia y la etología (e.g. de Waal, 2011; Lang, 2010; LeDoux, 2012; Paul & Mendl, 2018). Es por esto que las definiciones de emociones son potencialmente problemáticas, debido a la limitación natural del dominio de su aplicación y a la variabilidad de su poder operacional, por lo que es importante ser cauteloso con la forma en la que se construye el concepto de emoción, asunto que, pese a los debates epistemológicos, ha logrado poco consenso (ver LeDoux, 2012).

También parece que el conflicto seminal del consenso sobre las emociones data de los tiempos de Platón, que ideológicamente fue seguido por Descartes al establecer dos supuestos en la primera parte de su Principia Philosophiae(1644): primero, que el pensamiento racional es un producto de la mente y que las emociones pertenecen al cuerpo; y segundo, que los humanos difieren de los animales en que nosotros tenemos una mente racional (un alma), pero somos similares en que, como los animales, tenemos pasiones corporales (emociones) que interfieren con la razón. Más tarde Darwin (1872) definiría a las emociones como “estados de la mente” y hoy día se asumen como estados mentales que se sienten en situaciones de amenaza, miedo o frustración. Entonces la complicación no es solo relativa a la definición de emociones, sino también a la confusión que existe con los “sentimientos” asociados a ellas, donde generalmente se les define como sentimientos y a los sentimientos como experiencias conscientes (LeDoux, 2015). El problema semántico, como se verá a continuación, trasciende cuando la perspectiva teórica pasa a un nivel práctico.

Aún con las dificultades en materia de definición de las emociones, el desarrollo de la neurociencia afectiva tiene muchos avances que se han logrado, por mucho, gracias a la etología comparativa y a la neurociencia que funciona gracias a la fragmentación anatómica de las funciones cerebrales, es decir, descompone los constructos cognitivos en los constituyentes más elementales para identificar los sustratos neurales del despliegue conductual que se desea estudiar. El problema radica, de forma experimental, en demostrar la rigurosidad y especificidad de los estímulos que se usan y su validez interna. Por ejemplo, muchas investigaciones sobre emociones positivas y negativas han contribuido enormemente al entendimiento del procesamiento emocional (e.g. Davidson & Irwin, 1999), pero la evidencia tiene variaciones por el hecho de que no se puede garantizar que se refiera específicamente a un tipo de emoción (dificultad que se halla también en el diseño de modelos animales con el mismo objetivo) y de estudiar estructuras cerebrales aisladas, pues más bien el procesamiento emocional depende de una serie de circuitos subcorticales donde se producen los mecanismos de la emoción y la motivación que subyacen a la conducta de los individuos y que son motorizados en conjunción por la corteza prefrontal a través de lo que se conoce como estados mentales superiores (LeDoux & Brown, 2017).

Se debe tener en cuenta que aunque en tiempos de Descartes se pensaba de forma separada a los procesos racionales de los emocionales, una de las aportaciones teóricas más valiosas para desmitificar tal situación se logró con los escritos de Damasio: el famoso Error de Descartes expone que el pensamiento y el lenguaje, señalado como la razón y perteneciente a un dominio cognitivo, tiene sus orígenes más bien en regulaciones biológicas en la búsqueda de la supervivencia, en un dominio emocional (Damasio, 1995, 2018). Esto es consistente con la propuesta de LeDoux de repensar la forma en la que se ha estudiado el cerebro, de abandonar el pensamiento de que las emociones son algo que ocurre de forma aislada a los demás procesos cognitivos y mejor asumir que éstas son ese motor que opera a nivel cerebral para coordinar varios de los sistemas corporales, íntimamente ligados a los circuitos de supervivencia.

En teoría, la propuesta de LeDoux es atractiva y consistente dado que los circuitos de supervivencia son comunes a todas las especies y sus hallazgos serían provechosos en áreas del conocimiento como la etología comparativa, no obstante las potenciales dificultades metodológicas y tecnológicas de las que el mismo autor es consciente. Por ejemplo, un problema es sobre el tipo de estímulo que sea adecuado a activar los mecanismos de supervivencia, así como las condiciones que simulen circunstancias parecidas a las de un contexto real o natural, problema que se tiene actualmente con el estudio de las emociones. Otro problema es el traslape de circuitos, por ejemplo cuando se cruce uno con otras funciones biológicas, como supervivencia vs. adicción, de manera que se confundan los efectos observados. Asimismo, existen limitaciones éticas para el trabajo con animales y humanos y tecnológicas para realizar experimentos con equipos sofisticados de neuroimagen y otros que permitan el estudio de la conducta a un nivel genético y molecular (ver LeDoux, 2012).

De igual manera, si se pudieran encontrar las estrategias adecuadas para estudiar circuitos de supervivencia en animales, LeDoux comenta que “aún cuando los mecanismos estén presentes, los resultados no permitirían concluir que los animales tienen sentimientoshomólogos a los de los humanos”.  El enfoque de LeDoux simplemente cambia el marco teórico de si las emociones son experiencias conscientes (sentimientos) que también están presentes en animales hacia cuáles son los circuitos y funciones correspondientes que son importantes para el procesamiento emocional y que están presentes en mamíferos y también en los humanos, considerando el contexto de los circuitos de supervivencia, que son situaciones con las que los individuos lidian todos los días.

La propuesta de LeDoux, en efecto, interpreta los circuitos de supervivencia como mecanismos con objetivos específicos. Es entonces una propuesta similar a la de los modelos de la economía, que son únicos por su capacidad de integrar varios aspectos conductuales y obtener hallazgos sobre los procesos cognitivos complejos de los individuos de forma simple, dado que asumen un comportamiento con propósito que maximiza la utilidad cuando se optimizan los recursos bajo preferencias estables (Becker, 1978). Esto es, LeDoux entiende un “estado de motivación global” y deja que sean evidentes los sistemas cognitivos “con propósito” que producen la adaptación ante las circunstancias del entorno, permitiendo revelar las estructuras y circuitos específicos para ese entorno como consecuencia de la activación de un circuito determinado que emerge en el individuo en el caso de, por ejemplo, amenazas. Esta propuesta parece eficiente por construcción, pero también hay quienes han estudiado los mecanismos de manera diferente a la conceptualización de LeDoux y con implicaciones y explicaciones diferentes a las de LeDoux. Una crítica muy rica a la propuesta de LeDoux sobre repensar el cerebro emocional es la de Scarantino (2018), que si bien tiene argumentos suficientemente válidos y compara el trabajo de otros neurocientistas (i.e. Mobbs), al final se trata de una crítica respecto de las diferencias, de nuevo, a la base teórica y conceptual de las emociones, más que a la explicación de la función biológica o neurofisiológica, de la que si bien cada vez se conoce más, aún hay mucho por descubrir.

Así, la postura de LeDoux es la de demostrar la importancia de los circuitos de supervivencia a diferentes niveles, profundizar en el análisis de los mismos y ver cómo difieren en distintas especies y según distintos contextos. Se espera que, de ser acatada por los neurocientíficos del mundo, su perspectiva impulse la generación de nuevos datos empíricos y teorías que enriquecerían el conocimiento de las respuestas cerebrales. Esto es de gran importancia, ya que la integración de los principios de las ciencias que estudian la conducta es la de producir mapas complejos de la naturaleza de las especies, y en ese sentido los psicólogos evolucionarios valorarían la información obtenida de esta nueva perspectiva para estructurar los sistemas de procesamiento psicológico humanos.

El punto que resalta LeDoux es totalmente afín a la literatura de la psicología evolucionaria en varios aspectos. Como se menciona en el inicio de este ensayo, él considera a los circuitos de supervivencia como un mecanismo básico para la orquesta de la evolución, desde el plano molecular hasta el conductual y social, donde el cerebro y sus subsistemas evolucionaron para ser biológicamente exitosos y permitir que los organismos vivos sobrevivan. También resalta los rasgos de selección en función de la conducta funcional, sus causas y efectos en las situaciones de adaptación ante contextos específicos (ver Tooby & Cosmides, 2006).

Por otro lado, analizar la regulación del comportamiento, como se sugiere en esta nueva iniciativa, que atienda a consecuencias funcionales partiendo del supuesto de la maquinaria cerebral como analogía a estudiar al cerebro como un sistema físico computacional, ha sido parte del fundamento teórico para capturar los parámetros que operan como activadores de las motivaciones sociales exigidas para cualquier sistema relacional de los individuos.Se trata de “regulaciones internas cuya función permite ejecutar cálculos de valor e integrarlos de forma efectiva a la regulación del comportamiento en cuestión” (Lizón, 2016), aspecto esencial para entender a las emocionescomo parte fundamental de la conducta humana en varios contextos: con proyecciones de cualquier toma de decisiones, para obtener sus consecuencias funcionales, su magnitud y efecto en el bienestar del individuo (Cosmides & Tooby, 2013) y, por supuesto, como agente regulador del comportamiento que busca favorecer la supervivencia, por ejemplo, a través de los mecanismos de parentesco (e.g. Lieberman, Tooby, & Cosmides, 2007) y de selección de pareja a nivel conductual (Buss & Schmitt, 1993; Shackelford, Schmitt, & Buss, 2005) y bioquímico, como el caso de del MHC (acrónimo de Major Histocompatibility Complex) y el HLA (acrónimo de Human Leucocyte Antigen) en el caso particular de los humanos que, se sabe, regula la selección de la afinidad inmunológica en la fusión sexual para garantizar la ventaja adaptativa en animales (e.g. Penn & Potts, 1998)y humanos (e.g. Christensen, Cela-Conde, & Gomila, 2017).

Concluyendo, la propuesta de LeDoux parece prometedora para favorecer el desarrollo de nuevas fronteras en las neurociencias. Estudiar los circuitos de supervivencia proporciona una perspectiva teórica eficiente para entender los mecanismos neurobiológicos de las emociones, sin necesidad de asumir el fenómeno dentro de límites conceptuales abstractos o circunstanciales y aprovechando que dichos mecanismos tienen impacto en cualquier aspecto de la vida diaria en la especie humana y demás animales, siempre considerando un marco teórico lógico que garantice congruencia conceptual y empírica. Esto facilitaría, quizá, el demostrar que el comportamiento humano es una continuidad evolutiva del comportamiento de los animales.

Fin.

Nota de disculpas: El estilo de la prosa relativamente irreverente de los párrafos iniciales está inspirado en “La Gran Novela Americana”, de Philip Roth, situación que molestaría profundamente al querido papa, Ernest Hemingway, para quien ofrezco mis más sinceras salvedades.

Este ensayo fue revisado por la Dra. Ana María Fernández como parte del curso doctoral en Complejidad Social “Evolución y Comportamiento Humano” de la Universidad de Desarrollo. Agradezco a Edgar Onofre, director de medios de comunicación de la Universidad Veracruzana, por editar el texto.


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